Confesiones

Soy terco,
sentimental,
ingenuo,
y descofiado.
Soy aficionado al silencio,
a los centauros,
a las ausencias,
y al caballo verde.
Me gusta el crepúsculo,
el crucifijo en la yema de los dedos,
las orejas de mis hijas,
el galope de una lágrima.
También las siameses
de miel en los ojos,
las expectativas y las manos juntas
para el abrazo y el puño.
Prefiero las metáforas enloquecidas,
la escala de los grillos de Matagalpa,
las ecuaciones eróticas,
las pinturas intensas,
aunque al pie de los colores
la firma sea deconocida.
No me gustan los cocteles,
las condecoraciones,
los museos de cera,
los cerillos apagados,
ni las novelas que auspicien un final
previsible y atroz.
Me gustan las rodillas
cuando asoman como lengua de luz
de tus polleras floreadas,
el peligro,
la desolación de los ídolos
y los rios
que brotan de tus entrañas.
Me gustás vos
y el policia que puso el semáforo
del color de tu piel,
y el sol que hizo posible la malicia
de tus ojos.
Me gusta platicar
con la multitudes
y ofrecerles un grano de arcilla,
la pata de un león
para que exploren
los arbustos del paraíso.
Amo a los niños
y a los venados amo.
Amo el cariñoso llamado
de la exactitud entre la imperfección,
y el govierno de los resucitados,
y a los cachoros sonrientes,
y a las mujeres que he amado.
Si mis amigos me quieren
que me cautericen lunares
y me estrechen las manos.

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